Donde termina el camino… y comienza uno mismo
A lo lejos apareció la silueta inconfundible de una de sus torres. El aire gélido golpeaba el rostro de este reportero que, seis días antes, había decidido comenzar el camino. Faltaba apenas un kilómetro de los 119 que separan Tui de Santiago por la vía portuguesa.
Al ver la señal de “Santiago”, pintada con los colores del arcoíris, sonrió. Era el anuncio silencioso de que estaba por llegar. Tomó la Rúa de Rosalía de Castro y, buscando refugio del frío, entró a un café. Un café con leche en “Nuevo Kampus” le devolvió el aliento. Afuera, el Camino seguía esperando.
Se perdió entre calles estrechas hasta que, al girar, apareció la Praza do Obradoiro. Frente a él, imponente, la Catedral de Santiago. En la plaza, peregrinos celebraban el final. En el Palacio de Raxoi ondeaba una bandera palestina, un símbolo que ya había visto desde Pontevedra y que confirmaba que el Camino también es un reflejo del mundo.
Tras contemplar el templo, caminó hasta el Centro Internacional de Acogida al Peregrino. Registró su llegada. Era el número 274. En la ventanilla 16 recibió la Compostela, el documento en latín que certifica el recorrido.
—“El Camino lo ha llamado”, le dijo la mujer que se la entregó.
Por la tarde acudió a la misa del peregrino. Antes, descendió a la cripta donde reposan los restos del Apóstol. Se arrodilló. Oró por su familia, sus colaboradores, sus amigos y sus lectores. Después, abrazó la imagen del Apóstol, como dicta la tradición.
—“Ustedes son los peregrinos de la fe”, dijo el prelado durante la homilía.
Al salir, el frío era más intenso. Las manos casi congeladas. Pero el corazón, extrañamente, cálido.
Esa noche, en silencio, se hizo la pregunta inevitable: ¿por qué hice el Camino de Santiago?
La respuesta llegó sin rodeos:
“Lo hice porque necesitaba silencio en medio del ruido, respuestas en medio de la prisa y volver a encontrarme conmigo mismo. Cada paso fue una conversación interna. Cada amanecer, una oportunidad de empezar distinto. El Camino no era llegar… era entender”.
Recordó entonces su primer intento. Aquella vez avanzó, sí, pero no disfrutó. El desgaste fue mayor que la conciencia. Y ahora, con el cuerpo cansado, volvió a preguntarse: ¿Lo disfrutaste?
La respuesta fue distinta:
“Sí, lo disfruté. Incluso cuando dolían las rodillas, cuando ardían las ampollas y cuando el cansancio pesaba más que la mochila. Lo disfruté porque entendí que avanzar, aun cuando todo te invita a detenerte, también es una forma de valentía”.
Y entonces lo comprendió: No lo disfrutó a pesar del dolor, sino también gracias a él.
Porque fue ese esfuerzo el que le dio sentido a cada kilómetro, a cada llegada, a cada instante.
Hoy lo sabe: no fue a Santiago. Fue a buscarse. Y en el camino descubrió que lo importante no es cuánto avanzas, sino en quién te conviertes mientras lo haces.
Porque el Camino no termina en la Catedral. Empieza cuando regresas… y decides vivir diferente.

Para que HOYTamaulipas siga ofreciendo información gratuita, te necesitamos. Te elegimos a TI. Contribuye con nosotros. DA CLIC AQUÍ